Busqué tu cara mirando la luna.
Ni siquiera el partir
me salvó de tu encanto.
Remonté los tejados
en alas de la muerte,
sobre espejos vacíos
que exhiben sus ombligos,
como trazos nuevos en la piel que arde.
El aire es húmedo, pesado, ahoga
con sus humos huyendo
en fuegos de artificio.
Las luces brillantes abren os en las bocas
que alegres se tragan pavesas amargas.
La mía es una estela de silencio en el suelo
que se hunde en sí misma como mi indiferencia
a un mundo que no existe, sin sol, sin espacio
donde habita el olvido en su cruel estatismo.
Quise cuidarte pero
tú, quisiste a otro:
tu hombro en su cuello
tus manos en sus manos
tus labios en sus labios,
y a ese escaparate
de ignorante desprecio
le mostré mi sonrisa,
y exploté en otro sitio.
Sé que sola me buscas,
me ofreces tu señuelo
pero ahora ya es tarde.
Nos separa algo más
que el recuerdo imborrable,
que el sabor amargo del orgullo.
Miguel Licario
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