martes, 9 de septiembre de 2008

EL VÉRTIGO DE ETANA

Es un misterio. Es absolutamente desconocida
aunque me parezca recordarla de otras vidas,
aunque su color sea claro como el mío.

Se me mezcla su recuerdo con el tuyo.
Su voz hace un imperio en el espacio. Su presencia una leyenda de semillas.
Es la mujer de Altazor en su Canto segundo.

Sé que me mira pero su mirada traspasa mi pena,
como si no me viera.

Soy un niño que chapotea en los charcos con sus botas de goma
y avanza inexorable hacia lo bello, que es el comienzo de lo terrible,
hacia la belleza de la que me separa un abismo.

En el vacío de lo familiar, apago el simulador de vida.
Imagino la ausencia del viejo que camina con esfuerzo,
la música que hacía con el ruido,
esa mirada recobrada que nunca llegó.
Ser nada y no hacer nada.
Retórica de la objetividad. Del equilibrio. Del realismo. De la libertad.
Ficción de ser uno mismo a través del tiempo.
Ficción del yo de mi persistencia.
Agon. Alea. Ilynx.
Inventar un plagio sobre otro.
Andar de espaldas para comprender el sentido de tus pasos.

Cada letra es una lágrima. Cada palabra un llanto.
Cada verso un golpe del destino. Cada poema, una vida.

No la veré más. Nunca más.

Última mirada al buzón vacío.
Recordar los sacrificios que nadie vio.
Contar o callar las miserias y ahogarse en dramas ocultos.
Arrojar las lágrimas a un símbolo de ciegos poderes oscuros.
Sufrir en el pecho el suspiro callado que alberga un nombre.
Renovar el mundo diciendo adiós.

Miguel Licario

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